- Mientras Washington endurece el cerco contra La Habana por razones de seguridad nacional, Claudia Sheinbaum insiste en blindar al régimen cubano bajo un discurso humanitario que choca con los riesgos comerciales para México.
La presidenta Claudia Sheinbaum volvió a colocar a México en el centro de una disputa geopolítica que rebasa por mucho la retórica humanitaria que invoca. Desde Tijuana, en su conferencia matutina del 30 de enero, la mandataria defendió abiertamente el suministro de petróleo a Cuba y cuestionó la orden ejecutiva del presidente estadounidense Donald Trump que amenaza con imponer aranceles a los países que lo hagan. El mensaje político fue claro: México está dispuesto a asumir costos diplomáticos y comerciales para sostener a La Habana.
Ernesto Madrid
Sheinbaum encuadró su postura en términos morales. Advirtió que cortar el suministro energético a la isla podría detonar una “crisis humanitaria de gran alcance”, afectando hospitales, alimentos y servicios básicos. Bajo esa narrativa, el envío de crudo —que según la propia presidenta representa menos de 1% de la producción mexicana— se presenta como un acto de solidaridad mínima frente a un colapso energético.
Sin embargo, el problema no es el volumen, sino el símbolo y la señal política. México no sólo reconoce la fragilidad estructural del sistema energético cubano, sino que decide intervenir activamente para sostener a un régimen que Estados Unidos considera una amenaza de seguridad nacional. La orden firmada por Trump no es un gesto aislado: forma parte de una estrategia de presión económica diseñada para asfixiar financieramente al gobierno cubano y forzar un cambio político en la isla.
El documento estadounidense acusa al régimen de La Habana de albergar infraestructura de inteligencia rusa, dar refugio a organizaciones catalogadas como terroristas y actuar como plataforma de influencia hostil en el hemisferio. Más allá de la retórica —que responde también a la política interna estadounidense y al electorado anticastrista—, el endurecimiento del cerco tiene consecuencias comerciales concretas. Los aranceles anunciados no son simbólicos: pueden golpear exportaciones estratégicas y cadenas de suministro en una economía mexicana altamente dependiente del mercado estadounidense.
Ahí aparece la contradicción central. Mientras Sheinbaum invoca la soberanía y la autodeterminación de los pueblos como pilares de la política exterior mexicana, su gobierno evalúa simultáneamente el riesgo de represalias económicas. La presidenta reconoció que instruyó al canciller Juan Ramón de la Fuente a buscar claridad con el secretario de Estado Marco Rubio para medir los alcances reales de la medida. Es decir, la defensa humanitaria convive con el temor práctico de una sanción que México no puede darse el lujo de ignorar.
La propuesta de que sea Estados Unidos quien envíe petróleo a Cuba para evitar la crisis energética revela, además, la fragilidad argumentativa de la posición mexicana. Si el objetivo es puramente humanitario, la solución sugerida depende justamente del país que impulsa la política de asfixia. La lógica diplomática se vuelve circular: México critica el cerco, pero pide al arquitecto del cerco que lo amortigüe.
El trasfondo es más profundo que un diferendo energético. Se trata de la definición del lugar que México quiere ocupar en el tablero hemisférico. Históricamente, la relación con Cuba ha estado marcada por una solidaridad política que sobrevive a los cambios de gobierno. Pero en el actual contexto de tensiones comerciales, revisión de acuerdos y amenazas arancelarias, insistir en una alineación simbólica con La Habana sin una estrategia integral parece más un gesto ideológico que una política exterior calculada.
La presidenta insiste en que la prioridad es evitar el sufrimiento del pueblo cubano. El dilema es que, en la práctica, esa bandera humanitaria coloca a México en una zona de fricción directa con su principal socio comercial. No se trata sólo de Cuba: se trata de medir hasta dónde puede llegar una diplomacia de principios cuando choca con la aritmética dura de la dependencia económica.
El episodio revela una tensión que marcará el sexenio: la voluntad de proyectar liderazgo moral en América Latina frente a la necesidad de mantener estabilidad con Washington. En ese equilibrio precario, la insistencia en defender a la dictadura castrista no parece responder a una lógica estratégica clara, sino a una inercia política que podría resultar más costosa de lo que el gobierno está dispuesto a admitir.
@JErnestoMadrid
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