- Mientras Petróleos Mexicanos busca alianzas con Petrobras y el capital español se reacomoda con la salida de Iberdrola, la llegada de Cox revela un cambio silencioso en el negocio energético mexicano: menos confrontación política y más reconfiguración estratégica del mercado.
La industria energética mexicana atraviesa una transformación silenciosa pero profunda. En cuestión de semanas se han producido dos movimientos que ilustran cómo se reconfigura el tablero energético: por un lado, la alianza entre Petróleos Mexicanos y Petrobras; por el otro, la salida de Iberdrola del mercado mexicano y la entrada del corporativo Cox como nuevo jugador relevante.
Ernesto Madrid
Ambos movimientos reflejan un mismo fenómeno: el rediseño del negocio energético en México bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, donde el Estado busca fortalecer su papel estratégico mientras el capital privado extranjero reorganiza su presencia.
La presidenta mexicana confirmó que sostuvo un encuentro con directivos de Petrobras, encabezados por su presidenta Magda Chambriard, para establecer mecanismos de cooperación con Petróleos Mexicanos. El acuerdo contempla colaboración en: exploración petrolera, producción de hidrocarburos, transformación industrial y desarrollo de biodiésel.
La iniciativa surge tras el diálogo previo entre Sheinbaum y el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, quienes coincidieron en impulsar una mayor integración energética entre ambas economías.
El acercamiento no es menor. Petrobras es una de las petroleras estatales con mayor capacidad tecnológica en exploración en aguas profundas, un área donde Petróleos Mexicanos enfrenta rezagos financieros y operativos.
En términos estratégicos, el movimiento sugiere un viraje: México busca cooperación tecnológica dentro del eje latinoamericano, en lugar de depender exclusivamente de empresas privadas occidentales.
Al mismo tiempo, el mercado eléctrico mexicano vive un reacomodo tras la salida de Iberdrola, que vendió el 100% de su filial mexicana a la empresa española Cox por aproximadamente 4 mil millones de dólares.La operación incluye: 2,600 megawatts de capacidad instalada; 47.4% en energías renovables; 44.8% en ciclos combinados de gas y 7.8% en cogeneración
Además, la transacción incorpora una cartera de proyectos de 12 mil megawatts y una plataforma comercial con más de 500 grandes clientes corporativos.
Con estos activos, Cox se posiciona como el mayor suministrador privado de electricidad en México, con más del 25% de cuota de mercado y cerca de 20 TWh de comercialización eléctrica.
El presidente de la empresa, Enrique Riquelme, aseguró que la operación se alinea con la visión energética del gobierno mexicano, centrada —según sus palabras— en convertir la energía y el agua en políticas de Estado.
La salida de Iberdrola no puede entenderse sin el contexto político de los últimos años. Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, la empresa española se convirtió en uno de los símbolos del conflicto entre el Estado mexicano y las compañías privadas del sector eléctrico, en medio de reformas regulatorias y disputas por el modelo de mercado.
Aunque Iberdrola justificó la venta como parte de una estrategia global para concentrarse en redes eléctricas y mercados más rentables —como Estados Unidos, Reino Unido, Brasil y España—, el retiro también refleja el nuevo clima regulatorio mexicano.
En contraste, Cox llega con un discurso distinto: alineamiento con la política energética del gobierno y disposición a operar bajo un modelo donde el Estado define la planificación del sistema.
Lo que emerge es una arquitectura energética distinta a la que dominó México tras la reforma de 2013.Tres tendencias empiezan a delinearse: 1. Reforzamiento del Estado energético. El gobierno mantiene el protagonismo de Petróleos Mexicanos y de las empresas públicas en la planificación energética. 2. Reconfiguración del capital extranjero. Las grandes multinacionales eléctricas se reacomodan, mientras nuevos actores privados buscan adaptarse al marco regulatorio y 3. Integración regional energética. El acercamiento con Petrobras abre una vía de cooperación latinoamericana que podría extenderse a refinación, biocombustibles y tecnología petrolera.
El resultado no es una simple salida de empresas ni una estatización total del sector. Lo que se observa es una reconfiguración del negocio energético: el Estado define la dirección estratégica mientras el capital privado encuentra nuevos espacios de participación.
En ese proceso, México pasa de ser un mercado dominado por corporaciones extranjeras a un sistema donde la política energética —y no solo el mercado— vuelve a marcar las reglas del juego. Y en esa transición, el negocio energético del país parece moverse de la confrontación con España hacia una cooperación estratégica con Brasil, mientras nuevos intermediarios privados ocupan el espacio que dejan los viejos gigantes eléctricos.
@JErnestoMadrid
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